Desde el alma, de Matías Carnival.

Desde el alma, de Matías Carnival.

Notapor o_kahn » 16 Nov 2013 03:01

Este es un cuento escrito hace unos a√Īos por Mat√≠as Carnival, que si no me equivoco hoy trabaja en inferiores del club, ex futbolista profesional que pas√≥ por varios equipos de ascenso, no lo he visto publicado en el foro y es un lindo cuento banfile√Īo...

Desde el Alma, de Matías Carníval

Ariel no tuvo opci√≥n. La decisi√≥n se tom√≥ en una cena familiar semanas antes de su nacimiento. Fue democr√°tico, eso s√≠. La votaci√≥n result√≥ con tres votos a favor (el padre y los dos hermanos de Ariel) y uno en contra (el de la mam√°. Siempre tan liberal y con esas ideas absurdas de que esas decisiones las tendr√≠a que tomar √©l cuando tuviese la suficiente edad para elegir). Tambi√©n es cierto que si nos ponemos a analizar con detenimiento, se podr√≠a considerar algo turbio y fraudulento el manejo que tuvo Ra√ļl, el pap√°, para ‚Äúconvencer‚ÄĚ a Lionel y a Dar√≠o, que en ese entonces ten√≠an cinco y cuatro a√Īos, de votar a favor de la cuesti√≥n. Pero eso son s√≥lo detalles, el hijo tiene que ser hincha del club del padre, y punto‚Ķ Y si la votaci√≥n se intuye complicada, no estar√≠a mal abusar de los ‚Äúsuperpoderes‚ÄĚ paternales y lanzar un decreto sin opci√≥n a r√©plica. Pero s√≥lo en casos extremos.



Así fue como la familia, entonces, decidió que Ariel sería socio e hincha de Banfield desde el día de su nacimiento, siguiendo con la tradición familiar.

Su infancia se dividi√≥ entre la escuela, los amigos del barrio y la cancha. Los s√°bados era una cita obligada ir a ver a Banfield. Eran √©pocas de vacas flacas para el Taladro, que deambulaba por el ascenso sin pena ni gloria. Pero el coraz√≥n no entend√≠a de categor√≠as ni de resultados. Ya por esos d√≠as se vislumbraba que el peque√Īo Ariel iba a ser bueno. Por lo menos era lo que comentaban los viejos plate√≠stas que lo ve√≠an patear chapitas entre los dem√°s nenes, que eran sus oponentes de turno. Porque los chicos lo que hac√≠an en la platea era eso, nada de ver el partido que era un aburrimiento total. M√°s lindo era ser protagonista. Los partidos de los nenes eran largos, pero se deten√≠an obligatoriamente cuando los viejos bajaban al play√≥n a tomar un cafecito en el entretiempo. ‚Äú¬ŅNo es lo mismo tomarlo sentado en sus lugares?‚ÄĚ, pensaba Ariel. Porque le daba rabia que ocuparan su cancha. Encima cada uno que pasaba le palmeaba la cabecita y le dec√≠a: ‚ÄúVos s√≠ que sos bueno‚ÄĚ, o ‚Äúvamos a decirle al t√©cnico que saque al burro ese y te ponga a vos‚ÄĚ y √©l respond√≠a con una sonrisa de compromiso. Lo √ļnico que quer√≠a era que se fueran a sentar para poder seguir jugando. Y as√≠ pasaban los partidos, los campeonatos y los a√Īos. Y Ariel fue creciendo y confirmando las sospechas de aquellos plate√≠stas: era bueno de verdad.



Cierto d√≠a, mientras desayunaba, lo invadi√≥ una mezcla de nervios y emoci√≥n. El diario zonal anunciaba una prueba de jugadores para armar los equipos juveniles de Banfield. ‚ÄúAhora o nunca‚ÄĚ pens√≥, ‚Äúeste va a ser mi √ļnico intento. Si no quedo voy a jugar en el barrio para siempre‚ÄĚ. Y hab√≠a que creerle. Porque a pesar de sus catorce ‚Äúpeque√Īos‚ÄĚ a√Īos, ten√≠a una personalidad con una alta dosis de convicci√≥n y orgullo, que no le hubiesen permitido ir a golpear por segunda vez una puerta que se le cerrase en la cara.

Las pruebas ser√≠an en quince d√≠as. Sabiendo esto, se prepar√≥ como para jugar la final de un mundial. Sal√≠a a correr todos los d√≠as y jugaba los picados que se organizaban en el barrio. En uno de ellos casi se arma feo, porque uno le entr√≥ fuerte y los amigos se le fueron al humo y se lo quer√≠an comer. Claro, ellos sab√≠an de la prueba y no quer√≠an que se la perdiera por nada del mundo. Estaban tan ansiosos como √©l. ‚Äď Imaginate que llegue a primera y nosotros desde la tribuna gritando sus goles- se ilusionaba Dami√°n, que era uno de sus mejores amigos. ‚Äď ¬ŅTe imagin√°s? Y mir√° si en un cl√°sico sea √©l el que nos regale un triunfo con un gol sobre la hora‚Ķ- so√Īaba Mat√≠as, otro amigo del alma y tan fan√°tico de Banfield como Ariel. ‚Äď Nooo, lo mejor ser√≠a poder dar una vuelta ol√≠mpica llev√°ndolo en andas‚Ķ- correg√≠a el Iba, de infancia gallina pero contagiado m√°s adelante por sus amigos y sin vuelta atr√°s. Y as√≠ todos opinaban de lo lindo que ser√≠a si Ariel llegaba a primera.

Pero antes ten√≠a que sortear un escollo muy dif√≠cil: la prueba. Y la prueba no es como una prueba de colegio, en donde si sab√©s aprob√°s y si no sab√©s te bochan. En estas pruebas adem√°s de saber y jugar bien, hay que tener suerte. De que te toque entrar en los primeros partidos, ya que despu√©s de mirar muchos, el DT va perdiendo entusiasmo. De jugar en un equipo con chicos que jueguen bien, porque si no te tocan una pelota como la gente se hace imposible‚Ķ Tambi√©n hay que tener la fortuna de que en el momento que hac√©s una linda jugada el t√©cnico no est√© mirando para otro lado, o hablando por tel√©fono, o poni√©ndole az√ļcar al mate. En fin, se tienen que dar muchas circunstancias para ser uno de los pocos elegidos entre doscientos o trescientos pibes con las mismas ganas de quedarse. Ariel sab√≠a esto, pero estaba decidido a correr el riesgo.

Y el día llegó. Abrió su mochila y guardó en ella los botines nuevos que compró gracias a la colaboración de sus abuelas. Puso también una hoja de ruda, por consejo materno, y una estampita del Sagrado Corazón. Tomó un desayuno liviano, se despidió de sus padres y se fue.

Al mediod√≠a la familia estaba sentada a la mesa esperando la llegada de Ariel, para almorzar todos juntos. La expectativa crec√≠a a medida que pasaban los minutos. ‚Äď ¬°C√≥mo tarda!- se quej√≥ la mam√°. ‚Äď Y, seguro habr√°n terminado tarde por la cantidad de chicos- intent√≥ tranquilizar el pap√°. Cuando de pronto el ruido de la llaves en la cerradura anunci√≥ su llegada. Los corazones parecieron detenerse. Por fin Ariel entr√≥. Su cara ahorr√≥ el tiempo de las palabras. Aquella sonrisa emocionada y los ojos vidriosos actuaron como detonante. La casa fue invadida por una felicidad desbordante. Los abrazos y los besos se repet√≠an incansablemente. La prueba ya era una an√©cdota con final feliz.

Lo que sigui√≥ a ese escollo complicado, fue un vertiginoso desfile por las categor√≠as correspondientes. En todas ellas Ariel hab√≠a terminado como goleador, y los comentarios sobre la m√°xima esperanza del club no tardaron en llegar. Para ese entonces, Banfield ya estaba jugando nuevamente en primera, y llegando fin de a√Īo, Ariel recibi√≥ una gran noticia: a partir de Enero comenzar√≠a a entrenarse con el plantel profesional. El gran sue√Īo de su vida estaba cada vez m√°s cerca. Pero sin saberlo, el destino lo pondr√≠a cada vez m√°s lejos.

Inexplicablemente, en esas vacaciones Ariel sufri√≥ un accidente que le clav√≥ un pu√Īal a sus ilusiones. Volviendo de un cumplea√Īos con sus amigos, en una noche lluviosa y oscura, su auto se descontrol√≥ y choc√≥ contra el √°rbol de una plaza. El informe m√©dico confirm√≥ lo que nadie hubiese querido escuchar: Ariel no podr√≠a volver a caminar. Era un golpe demasiado duro para un chico de dieciocho a√Īos lleno de sue√Īos, ahora transformados en pesadillas.

Con el apoyo y el amor de su familia y de sus amigos, y con una Fe en Dios inquebrantable, Ariel comenz√≥ a salir del pozo depresivo en el que hab√≠a ca√≠do. Hasta hab√≠a vuelto a ir a la cancha. Se ubicaba contra el alambrado de atr√°s del arco y alentaba sin parar, como siempre. La buena campa√Īa que estaba realizando Banfield lo pon√≠a feliz. No se perd√≠a ning√ļn partido. Siempre acompa√Īado por su pap√°, sus hermanos y sus amigos, que lo rodeaban para protegerlo de las avalanchas. Algunas veces se imaginaba all√≠‚Ķ del lado de adentro. Corriendo, haciendo un gol, festejando colgado del alambrado de cara a su gente‚Ķ Eso lo pon√≠a triste. Pero al rato estaba otra vez cantando, golpeando el alambre como si fuera un bombo, y orgulloso de estar ah√≠, en su lugar, en la tribuna, como toda la vida.

Banfield estaba haciendo un campeonato hist√≥rico y llegaba a la √ļltima fecha con grandes posibilidades de ser campe√≥n. Quiso el destino, el maldito destino, que justo le tocara definir su chance en la cancha de su eterno rival, Lan√ļs. Esa semana previa al partido el barrio estaba convulsionado. No se hablaba de otra cosa que no fuera de Banfield. La gente acampaba d√≠as y d√≠as a la espera de conseguir una entrada. Entre carpas, lonas, reposeras, mate y truco estaba Ariel. Era el partido m√°s importante de la historia del Taladro y no se lo iba a perder por nada del mundo. D√≠a y noche, con lluvia o sol, √©l estaba ah√≠, a la espera de las entradas.



En esas noches durmiendo en la calle, infinidad de veces tuvo el mismo sue√Īo: √©l jugando ese partido trascendental para Banfield y haciendo el gol del triunfo con el que se consagraba campe√≥n el club de sus amores justo en cancha de Lan√ļs.

Después de tres días de espera, al fin tuvo en sus manos las entradas para su familia y para algunos amigos que por el trabajo no pudieron ir a comprarlas.

La noche anterior al gran partido, Ariel no pod√≠a dormir. Una mezcla de nervios y ansiedad atentaban contra su sue√Īo. En un momento, mirando una foto de su √≠dolo Garrafa, colgada en la pared, record√≥ algo que le hab√≠a dicho su mam√° cuando era peque√Īo: ‚ÄúSi quer√©s algo con toda tu alma‚Ķ pero de verdad, desde lo m√°s profundo de tu alma y de tu coraz√≥n, y se lo ped√≠s a Dios y confi√°s en √Čl‚Ķ √Čl te lo va a dar.‚ÄĚ Al terminar de recordar aquella frase, se sobresalt√≥. Estaba p√°lido y bastante transpirado. ¬ŅC√≥mo no lo hab√≠a pensado antes? Lo que √©l deseaba con toda su alma era casi imposible. Pero la grieta que separa ‚Äúcasi‚ÄĚ de ‚Äúimposible‚ÄĚ se llama milagro, y eso era lo que Ariel necesitaba. Cerr√≥ sus ojos, extendi√≥ sus manos hacia el cielo y‚Ķ‚ÄĚSe√Īor, hoy record√© algo que me dijo mi madre hace muchos a√Īos. Que si quiero algo desde los m√°s profundo de mi alma y de mi coraz√≥n y te lo pido con Fe, T√ļ me lo dar√≠as. Bueno, hay algo que realmente deseo desde la primera hasta la √ļltima c√©lula de mi cuerpo, desde la primera hasta la √ļltima gota de mi sangre. Lo deseo con toda mi alma y con todo mi coraz√≥n. Y adem√°s conf√≠o en que T√ļ eres el √ļnico capaz de realizar un milagro como el que necesito. T√ļ me pusiste esta dif√≠cil prueba en mi vida, que es no poder caminar, y yo nunca dud√© de Ti. Sigo confiando ciegamente en Ti. Por eso te pido que me des la posibilidad de jugar el partido de ma√Īana. Es el sue√Īo que tuve desde chico. No s√© c√≥mo, no se me ocurre. Pero de alguna manera quisiera poder vivir ese momento hist√≥rico. Alguna forma tiene que haber. Yo conf√≠o en Ti. Gracias Se√Īor, Am√©n‚ÄĚ. Instant√°neamente, al terminar la oraci√≥n lo invadi√≥ un sue√Īo profundo y se durmi√≥ pensando en el partido.

Cuando se despert√≥ algo hab√≠a cambiado. Su habitaci√≥n no era la misma. Desconcertado y con un poco de miedo, recorri√≥ lentamente con su vista todo el cuarto. Se sobresalt√≥ al ver otra cama a su lado con una persona durmiendo en ella. Se incorpor√≥ y con sorpresa y emoci√≥n, descubri√≥ que estaba en la concentraci√≥n de Banfield y que su compa√Īero de habitaci√≥n era el uruguayo Lujambio. El milagro parec√≠a haberse cumplido. Lentamente movi√≥ una pierna, mientras una l√°grima recorr√≠a su mejilla. Se levant√≥ y disfrut√≥ con felicidad cada paso que lo llev√≥ hasta el ba√Īo. Hab√≠a vuelto a caminar. Not√≥ que sus piernas eran m√°s gordas y un tanto chuecas, pero le rest√≥ importancia. Supuso que habr√≠an quedado as√≠ despu√©s del accidente. Aunque en realidad, ese no era el motivo. Al mirarse en el espejo un escalofr√≠o le recorri√≥ el cuerpo. No pod√≠a creer lo que sus ojos estaban viendo. Ese no era √©l‚Ķbah, si era √©l. Pero no era su cuerpo. La imagen de Garrafa all√≠ reflejada lo dej√≥ inm√≥vil por un instante. Comprendi√≥ que estaba dentro del cuerpo de su √≠dolo. Todav√≠a conmovido, regres√≥ a la habitaci√≥n. -¬°Eh, Garrafa! Qu√© carita‚Ķ.¬Ņviste un fantasma en el ba√Īo?- le dijo risue√Īo Lujambio, ya despierto. ‚ÄďEee‚Ķ..no‚Ķeee‚Ķestoy un poco nervioso por el partido- intent√≥ disimular Ariel. ‚Äď S√≠, justo vos nervioso‚Ķ- le contest√≥ con iron√≠a.

Ariel no sab√≠a c√≥mo actuar, no quer√≠a que nadie sospechara nada. Por eso intent√≥ estar solo la mayor cantidad de tiempo posible, esperando que llegara la hora del partido. Los compa√Īeros lo notaron un poco raro, pero con la ansiedad reinante, nadie hizo hincapi√© en eso. Y el partido lleg√≥. Y Ariel se encontraba en la mitad de la cancha, con la diez en la espalda, listo para dar el puntapi√© inicial a su sue√Īo. Se distrajo en un momento, al mirar la tribuna visitante repleta con treinta mil almas verdes y blancas. Si hasta tard√≥ en reaccionar a la ovaci√≥n de la gente. Claro, no se hab√≠a dado cuenta de que el ‚ÄúGarraaaafa, Garraaaafa‚Ķ‚ÄĚ era para √©l, hasta que el uruguayo le peg√≥ disimuladamente una patadita en el tobillo. -¬°Dale salud√°! ¬Ņno escuch√°s como te gritan? Est√°s raro hoy, ehh‚Ķ- le dijo acompa√Īando el golpe. Ariel sonri√≥ y levant√≥ sus brazos hacia la popular que le devolv√≠a el gesto con un interminable aplauso. Pero algo le preocupaba. ¬ŅC√≥mo estar√≠a todo en su casa? ¬ŅSe habr√≠an dado cuenta de algo? ¬ŅHabr√° quedado su cuerpo solo, sin alma, acostado en su cama? ¬ŅY el alma de Garrafa, d√≥nde habr√≠a quedado? El silbato del √°rbitro dando la orden de inicio, termin√≥ con las preguntas. El partido comenzaba y no hab√≠a tiempo para preocupaciones ni pensamientos. S√≥lo hab√≠a que jugar y disfrutar de aquel regalo divino. Como se preve√≠a fue un encuentro duro. Banfield con los nervios a cuestas por la gran posibilidad de conseguir su primer t√≠tulo, y Lan√ļs con la chance hist√≥rica de arruinarle la fiesta a su rival de siempre. Nadie arriesgaba nada. Excepto Ariel, claro. Si ese ser√≠a el √ļltimo partido que jugar√≠a en su vida, no iba a andar especulando. Corr√≠a, ped√≠a la pelota, tiraba ca√Īos‚Ķ la gente deliraba con √©l. En un momento, en el que se acerc√≥ a buscar una pelota detr√°s del arco para tirar un c√≥rner, una imagen le aceler√≥ el coraz√≥n. All√≠, contra el alambrado, en su lugar‚Ķ ¬°estaba √©l! En su silla de ruedas, rodeado como siempre por sus amigos, su pap√° y sus hermanos. Pero, ¬Ņc√≥mo pod√≠a ser? ¬Ņno se daban cuenta de nada? Ariel qued√≥ mir√°ndose fijo a sus propios ojos, sentados en aquella silla, como buscando all√≠ la respuesta. Y efectivamente all√≠ la consigui√≥: una sonrisa y un gui√Īo de ojos c√≥mplices le hicieron comprender que Garrafa ocupaba ahora su lugar. La advertencia del √°rbitro para que se apurara a ejecutar el c√≥rner, lo devolvi√≥ al partido. El tiempo pasaba y Banfield no pod√≠a conseguir el gol que lo consagrara campe√≥n.



Faltaban s√≥lo tres minutos cuando un tiro libre en el borde del √°rea, le daba una de las √ļltimas esperanzas al Taladro. Era ideal para Garrafa. Con su pegada exquisita, era el √ļnico capaz de enviar la pelota por encima de la barrera y clavarla en el √°ngulo. Claro que hab√≠a un inconveniente. Garrafa era zurdo y Ariel era derecho. Mientras acomodaba la pelota, Ariel sinti√≥ una voz dentro suyo que le dijo: ‚ÄúAcomodate para patear con tu pierna izquierda. Como los jugadores que est√°n en la barrera saben que Garrafa patea siempre por encima de ellos, van a saltar bien alto. Vos pegale fuerte, a ras del piso, que la pelota va a pasar por debajo de ellos y vas a convertir el gol del campeonato‚ÄĚ. Ariel dud√≥ un instante, pero comprendi√≥ de donde ven√≠a esa voz. Y se prepar√≥ para patear. Tom√≥ tres pasos de carrera, como era la costumbre de Garrafa, para no levantar sospechas. El juez dio la orden. Ariel lleg√≥ a la pelota y vio como la barrera se preparaba para saltar. Haciendo caso a ese mensaje divino, le dio con el alma, bien fuerte y de rastr√≥n. No vio cuando la pelota entr√≥ porque la barrera ya hab√≠a bajado otra vez luego del salto in√ļtil. Pero escuch√≥ el rugido de aquel monstruo verde y blanco de treinta mil cabezas y comenz√≥ una alocada carrera hacia el alambrado para festejar junto a sus seres queridos que estaban all√≠. Antes que pudiera encontrarlos, un ruido molesto y constante lo mare√≥. Ya no ve√≠a bien. Sacud√≠a la cabeza de un lado a otro, pero la imagen era cada vez m√°s borrosa y distante. Hasta que otra voz le aclar√≥ la visi√≥n: -¬°Dale Ari, levantate! ¬ŅNo escuchaste el despertador? Hace rato que est√° sonando. Dale, arriba, que hoy es el gran d√≠a. En un rato ya nos vamos para la cancha. Hay que estar tempranito, as√≠ conseguimos el lugar de siempre junto al alambre. El padre fue el encargado de volverlo a la realidad. Una realidad que lo inund√≥ de tristeza. Hubiese dado cualquier cosa porque ese sue√Īo fuera cierto. Hab√≠a sido tan lindo, tan perfecto, tan real‚Ķ

Como pudo se subió a su silla, buscó en el ropero la camiseta que usó durante todo el torneo a modo de cábala, y se preparó para salir.

La caravana de peatones, autos, combis y motos era interminable, pero se las ingeniaron para encontrar un atajo y llegar antes que la multitud. Consiguieron su lugar de siempre, detr√°s del arco y pegados al alambrado. Con la ansiedad por el partido y con el clima que se viv√≠a, Ariel recuper√≥ la alegr√≠a. La tribuna visitante estaba colmada. La fiesta estaba por comenzar. La ovaci√≥n para Garrafa fue emocionante. A Ariel se le humedecieron los ojos cuando el diez levant√≥ los brazos para agradecer el cari√Īo de la gente. Todo era tan similar a su sue√Īo‚Ķ

El partido comenz√≥ y los nervios se adue√Īaron del protagonismo. Los dos equipos jugaban a muerte. Era un partido crucial para ambos. Cualquier resultado iba a quedar en la historia, para uno u otro lado. El primer tiempo termin√≥ cero a cero. Banfield depend√≠a de s√≠ mismo. Ganando se consagraba campe√≥n, pero no hab√≠a estado ni cerca de marcar un gol.

En el segundo tiempo, el Taladro atacaba hacia el arco donde estaba su gente. Ariel ten√≠a una ubicaci√≥n envidiable. Justo detr√°s del arco donde se pod√≠a definir la historia. Los minutos pasaban y los nervios crec√≠an. Banfield ya hab√≠a usado los tres cambios permitidos, y una grosera patada sobre Garrafa hizo temer lo peor. Qued√≥ varios minutos tendido en el suelo, revolc√°ndose de dolor. No pod√≠a seguir. El m√©dico hizo un gesto moviendo su cabeza de un lado a otro, confirmando que era algo serio. Algunos compa√Īeros se agarraban la cabeza. No pod√≠an comprender c√≥mo se quedaban sin su mejor jugador faltando s√≥lo cinco minutos para terminar el partido. Garrafa se levant√≥ ayudado por el doctor y por el kinesi√≥logo, con visibles gestos de dolor, pero con todas las intenciones de seguir. Los facultativos pugnaban por sacarlo de la cancha, pero √©l, terco y caprichoso, forcejeaba como un ni√Īo, con pataletas incluidas, para quedarse en el campo de juego: -¬°No me voy ni loco! No voy a dejar al equipo en este momento. No te preocupes, juego parado sin poner en riesgo mi pierna. Algo voy a hacer. Los doctores sab√≠an que convencerlo era imposible, por eso, ante esas palabras llenas de valor y convicci√≥n, desistieron de su idea.

El partido se reanudó y Garrafa caminaba con dificultad a la espera de una oportunidad. Estaba al acecho, como un gato agazapado esperando para dar el zarpazo. El reloj marcaba cuarenta y cinco minutos y el árbitro agregó cinco más por el tiempo desperdiciado entre los cambios y las lesiones. La histórica chance se escurría como agua entre los dedos.

Restaban tres minutos cuando el juez detuvo el juego por una infracci√≥n cerca del √°rea de Lan√ļs. Garrafa se acerc√≥ rengueando para acomodar la pelota. Veinte metros lo separaban de la gloria. La gente gritaba ilusionada. Sab√≠an que era una de las √ļltimas chances que tendr√≠an. Pero Ariel estaba en silencio, pensativo. Ese tiro libre, desde esa posici√≥n‚Ķ Todo tan parecido‚Ķ

Garrafa tom√≥ tres pasos de carrera, como siempre. Mir√≥ la cabeza del tercer hombre de la barrera para calcular el disparo. √Čl sab√≠a que si lograba hacer pasar la pelota por all√≠, el arquero no podr√≠a evitar el gol. Le dol√≠a mucho la pierna, pero no le importaba. Era un tiro m√°s. Solamente un tiro m√°s. Se sinti√≥ mareado y pens√≥ que era producto del dolor y de los nervios. Pero la vista se le nubl√≥ y una sucesi√≥n de im√°genes difusas le ametrallaban la mente. De repente, tuvo una visi√≥n muy extra√Īa: la misma cancha, el mismo tiro libre y √©l parado frente a la pelota. Todo visto desde el √°ngulo opuesto, como desde la mirada de alguien que estaba en la tribuna. Estaba confundido, no lograba entender. La imagen continuaba como una pel√≠cula en c√°mara lenta. La barrera saltaba muy alto y √©l, sorprendiendo a todos, decid√≠a patear a ras del piso clavando la pelota junto a un palo.

En seguida, la imagen desapareci√≥ abruptamente. Garrafa parpade√≥ con fuerza un par de veces, como tratando de dejar atr√°s lo que hab√≠a experimentado. Pero era imposible. Esa especie de pel√≠cula lo hab√≠a afectado bastante. Una sensaci√≥n extra√Īa recorr√≠a su cuerpo. Todo era confusi√≥n. ¬ŅA qu√© se deb√≠a esa imagen? ¬ŅPor qu√© se vio a s√≠ mismo de frente, como si fuera otra persona? No encontr√≥ respuestas, pero present√≠a que algo significaba todo lo vivido.

Cuando el √°rbitro dio la orden, Garrafa a√ļn no hab√≠a decidido c√≥mo iba a patear. Suspir√≥, cerr√≥ con fuerza sus ojos y se dirigi√≥ al encuentro de la pelota. Tres pasos lo separaban de ella. Poco tiempo. Pero para √©l fue una vida. Durante el primer y el segundo paso pens√≥ en patear como mejor sab√≠a: por encima de esa barrera humana, con chanfle y buscando el √°ngulo. ¬ŅPor qu√© iba a cambiar? Si de esa manera hab√≠a metido una monta√Īa de goles. Al tercer paso dud√≥, pero sab√≠a bien que no es conveniente dudar a √ļltimo momento. Por eso cuando lleg√≥ a la pelota fue con toda la intenci√≥n de pegarle por arriba de la barrera. Pero al momento de patear, sinti√≥ desde lo m√°s profundo de su alma, desde un rinc√≥n infinito, que deb√≠a hacerle caso a aquella imagen premonitoria. Y fue tan sobre la marcha cuando decidi√≥ cambiar, que los jugadores de Lan√ļs pegaron el salto de su vida, convencidos de que iba a elevar la pelota por encima de ellos. Parec√≠an salidos de un volc√°n en erupci√≥n que los hab√≠a despedido con una furia incontrolable. La pelota pas√≥ como un rayo por debajo de sus pies. Garrafa no lleg√≥ a ver cuando √©sta entr√≥ porque los jugadores de la barrera ya hab√≠an sido v√≠ctimas de la gravedad y estaban en el piso otra vez luego del salto in√ļtil. Pero escuch√≥ a ese monstruo verde y blanco de treinta mil cabezas rugiendo como un le√≥n hambriento y con lo √ļltimo que le quedaba fue rengueando a festejar cerca de su gente. Entonces lo vio. Era un chico en silla de ruedas, con los ojos llenos de l√°grimas, aferrado al alambrado. Un escalofr√≠o le recorri√≥ el cuerpo. A pesar de no conocerlo, sent√≠a que ten√≠an algo en com√ļn. Como si hubiera una especie de conexi√≥n muy profunda entre ellos, y como si en alg√ļn momento hubiese sido parte de su vida. Garrafa qued√≥ inm√≥vil mir√°ndolo fijo a los ojos, como buscando all√≠ una respuesta. El chico de la silla de ruedas, llorando de emoci√≥n, sonri√≥ y simplemente le gui√Ī√≥ un ojo. El milagro se hab√≠a cumplido.
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o_kahn
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Re: Desde el alma, de Matías Carnival.

Notapor mangrullo » 16 Nov 2013 08:58

Lo leí en su momento. Con este cuento ganó un premio, verdad?


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